11- “Dormirse en los laureles”

Referente a alguien que se ha relajado, descuidado, ha dejado de hacer algo que debería hacer o lo está haciendo pero con desgana y poca eficiencia.
Para conocer la procedencia de esta expresión tenemos que remontarnos a la época del Imperio Romano o incluso antes. Antiguamente, a los poetas, emperadores y generales victoriosos (incluso aquellos gladiadores que se ganaban la libertad en la arena o los atletas triunfadores en los juegos) se les coronaba con guirnaldas confeccionadas con hojas de laurel. Después de haber conseguido el triunfo y el reconocimiento general, esa persona dejaba de trabajar y esforzarse y se dedicaba a “vivir de las rentas”, diciéndose entonces que se “dormía en los laureles” (de su corona).

12- “Hay gato encerrado”

Se dice cuando desconfiamos de alguna cosa o nos da en la nariz que hay algo turbio en algún asunto, alguna causa o razón oculta.
Para encontrar el origen de esta expresión debemos trasladarnos a los siglos XVI y XVII (Siglo de Oro) cuando se puso de moda llamar “gato” a la bolsa o talego en que se guardaba el dinero. Era habitual llevarlo, como remedio a posibles hurtos, escondido entre las ropas o guardado a buen recaudo en algún lugar de la casa. La víctima en el punto de mira de los ladrones solía ser vigilada para ver si tenía dinero y donde lo llevaba. La consigna que se daban entre sí los amigos de lo ajeno consistía en decir si allí había ”gato encerrado” o, lo que es lo mismo, una bolsa con dinero escondido. Hechas con piel de ese animal, se les empezó a llamar popularmente “gatos” a las que podían contener riquezas desconocidas.

13- “Dar en el clavo”

Antiguamente existía un juego llamado hito que consistía en fijar una barra en el suelo y arrojar desde lejos unas anillas de hierro hasta colar la anilla en la barra. El hito o barra era una especie de clavo metálico, por lo que “dar en el clavo” significaba ganar la partida. La expresión se extendió al hecho de atinar en averiguación de cosas difíciles.

14- “Quien va a Sevilla (o la la villa), pierde su silla”

Este dicho data del siglo XV cuando un sobrino de Alfonso Fonseca, prelado de Sevilla, fue nombrado arzobispo de Compostela. Como en aquella época había muchos disturbios en Galicia, Fonseca decidió ir personalmente a Santiago para preparar el camino. La sorpresa se la llevó cuando al volver a Sevilla comprobó que su sobrino le había robado el cargo de prelado.

15- “A buen entendedor pocas palabras”

Cuéntase que un día un mendigo pidió ver al cardenal Mazarino, primer ministro de Luis XVI, para hacer le saber la penuria que padecía. Después de dudarlo bastante, el cardenal aceptó recibirle, pero con una condición: el pobre hombre tenía que expresar sus deseos en dos palabras. Este, obediente, entró en el despacho y dijo: “Hambre, frío…”. Mazarino, volviéndose a su secretario, contestó: “Comida, ropas…”. La entrevista había terminado, pero dejó un buen ejemplo: “A buen entendedor, pocas palabras”.

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